¿Porqué me hice psicóloga?

La lectura de un capítulo sobre la intervención con familias me inspiró a escribir este texto.

Nuestra historia personal comienza en el vientre materno; desde entonces, nuestra personalidad empieza a desarrollarse y a moldearse. En mi caso, nací de una madre soltera de 20 años. Mi padre era un hombre mayor, casado y muy conocido, que gozaba de gran éxito. Creo que mi madre decidió tenerme por el valor que tenía mi “carga genética” por decirlo de alguna manera. No se equivocaba: terminé siendo un beneficio para su vida. Como ella era una mujer muy insegura, mi presencia actuó como una muleta hasta que logré liberarme. Ahora soy simplemente su hija y he aceptado sus limitaciones, asumiendo lo que ella —con su propio trauma intergeneracional— podía ser o dar como madre, sin sentir la necesidad de buscar validación basándome únicamente en haber sido una «muleta» fuerte, sólida, práctica y siempre disponible. Mi liberación llevó años, ya que mi relación con ella oscilaba constantemente entre la culpa y la ira.

A esta experiencia de haber asumido un rol adulto prematuro (parentificación) con mi madre, se sumó el hecho de ser la única cuidadora de mi hermana. Ella padecía una enfermedad mortal que finalmente acabó con su vida. Mi madre se había casado con un hombre al que no amaba —alegando que lo hacía por mí (una forma más de inducir culpa)—, pero mostrando una dinámica de pareja tóxica, violenta y abusiva. Sin embargo, el centro de la historia es mi hermana: una niña pequeña y frágil que servía de chivo expiatorio y que simplemente no quería permanecer en aquella locura familiar. Estuvo enferma durante tres años, periodo en el que fui su única cuidadora; así, entre los 11 y los 14 años, me vi obligada a madurar de golpe, presenciando la desesperación más absoluta —tanto emocional como económica— que una persona puede sentir. Mi hermana falleció cuando tenía10 años, yo tenía 14. 

A los 17 años yo ya vivía sola en el extranjero. Residí de forma ilegal en un par de países y legalmente en otro par más, y aprendí varios idiomas. No obstante, contaba con buenos genes (como siempre me recordaban mis terapeutas) y un fuerte instinto de supervivencia, por lo que trabajé para mantenerme y costearme los estudios desde entonces. Conocí a mi padre el cuál tuvo una presencia determinante en mi vida (a nivel psicológico), pero efímera en términos prácticos (lo vi unas cinco veces) y tampoco se hizo cargo de mí.

Estuve casada durante 12 años y logré salir de una relación abusiva; no es de extrañar que, dados los antecedentes de mi familia de origen, hubiera elegido inconscientemente convivir con un hombre alcohólico y emocionalmente abusivo. Al igual que ocurrió con mi primera gran huida de mi madre, pude dejar atrás otra situación de abuso.

Siempre he tenido una inclinación natural a cuidar de los demás y he logrado sobrevivir a situaciones extremas. Me fascina el funcionamiento de las familias y cómo nos moldeamos a partir de una compleja mezcla de naturaleza y crianza.

Tengo claro que el único camino es el amor. Un amor consciente.

He aceptado lo que me ha tocado vivir. Quiero a mi madre y a mi padre; agradezco a mi exmarido los hijos que tenemos. Sobre todo, me quiero a mí misma y no permito que nadie me haga daño, pues establezco límites sanos y firmes desde el amor. Al fin y al cabo, el corazón puede dar amor sin importar lo que hayamos vivido en el pasado.

Como les sucede a muchos otros terapeutas, me dedico a esto porque —sin saberlo— he estado ejerciendo esta labor de cuidadora desde que tengo uso de razón; por eso, me resulta algo muy natural.

Soy una persona afortunada y así me considero. Tengo dos hijos maravillosos y la suerte de formar parte de la vida de muchas personas extraordinarias. Mis hijos y mis clientes son mi motor, y me siento honrada de acompañarlos en sus respectivos caminos desempeñando distintos roles: el de madre para mis hijos y el de terapeuta para mis clientes.

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